Voz pequeña

 

Hay días

en que mi voz rebota en paredes blancas,

como si hablara dentro de un cuarto acolchado

donde nadie se hiere

pero tampoco nadie escucha.

 

Digo “me duele”

y contestan “ya se te pasará”.

Digo “lo intento”

y sonríen con esa paciencia

que se reserva a los niños

que creen haber descubierto el mundo.

 

Me miran las manos

como si  fueran torpes,

como si cada cosa que construyo

fuera un dibujo pegado en la nevera:

bonito, sí,

pero prescindible.

 

Es extraño

sentirse diminuto en un cuerpo que ya creció,

Sentirse ignorado en una habitación llena.

 

Que te expliquen tus propios pasos,

que traduzcan tus silencios

como si no supieras nombrarlos.

 

A veces dudo:

¿será que exagero?,

¿que mi voz realmente es un murmullo

que nadie escucha

sin peso específico?

 

Pero el pecho sabe

cuando lo atraviesa la indiferencia

como un viento frío

que no deja marcas visibles

y, sin embargo, cala.

 

No quiero aplausos,

solo que no reduzcan mi mundo

a un cuaderno de tareas sin importancia.

 

No quiero pedir permiso para sentir;

quiero que lo que siento

no sea corregido con tinta roja.

 

Porque también soy frontera,

y batalla,

y aprendizaje.

 

También cargo preguntas que no caben

en respuestas simplificadas.

 

No soy un ensayo inacabado

ni un borrador que se descarta.

 

Soy palabra completa

aunque tiemble.

Y aunque a veces me encoja

bajo miradas que me empequeñecen,

sé que mi voz —esta voz—

no nació para ser eco,

sino para ocupar su espacio

en el aire que compartimos.

 

JBG 2026